Hay un momento en estos primeros años que casi todas las familias reconocen enseguida. De repente, ese peque que hasta hace poco aceptaba nuestra ayuda para prácticamente todo empieza a querer hacerlo solo.
Quiere coger la cuchara, ponerse los zapatos, abrir una puerta, lavarse las manos, guardar su mochila o subir a una silla sin que nadie intervenga.A veces todavía no sabe decir claramente “yo solo”, pero tampoco hace falta. Basta con acercarnos para ayudarle y ver cómo aparta nuestra mano con bastante determinación.
En Pequeño Mundo vivimos estas escenas constantemente. Y aunque algunas veces requieren un poquito más de paciencia, también son una señal preciosa de que están creciendo y empezando a descubrir todo lo que son capaces de hacer por sí mismos.
La autonomía empieza mucho antes de lo que pensamos
Cuando hablamos de autonomía infantil no nos referimos a que un niño de dos años tenga que saber vestirse solo, comer perfectamente o recoger todos sus juguetes sin ayuda. La autonomía en niños de 0 a 3 años comienza con cosas muchísimo más pequeñas.
Empieza cuando quieren sujetar ellos mismos la cuchara. Cuando intentan guardar un juguete en su sitio. Cuando llevan su vaso hasta la mesa o cuando se empeñan en quitarse un zapato que claramente no piensa salir con facilidad.
Para nosotros son gestos cotidianos. Para ellos son pequeños retos. Cada vez que lo intentan están descubriendo algo importante: que pueden intervenir en lo que ocurre a su alrededor y esa sensación de “yo puedo” es una parte muy importante de su crecimiento.
Cuando tenemos que contener las ganas de ayudar
Esta es probablemente una de las partes más difíciles para los adultos, lo vemos clarísimo. Sabemos cómo se pone ese zapato. Sabemos cómo se abre esa caja. Sabemos que si cogemos nosotros la cuchara terminaremos de comer mucho antes y, sin embargo, muchas veces lo mejor que podemos hacer es esperar un poquito.
No hace falta abandonarles ante una tarea imposible. Simplemente podemos observar durante unos segundos antes de intervenir. A veces empiezan probando de una manera, después cambian de estrategia, nos miran buscando una pista y vuelven a intentarlo.
Y de repente ocurre, el zapato entramm la tapa se abre, la pieza encaja. Entonces aparece esa expresión que conocemos tan bien: una mezcla de sorpresa, orgullo y ganas de volver a hacerlo inmediatamente.
Probablemente cinco minutos después volverán a pedir ayuda para otra cosa. Pero ese pequeño logro ya es suyo.
No importa demasiado que el resultado sea perfecto
Cuando los niños empiezan a hacer cosas solos, rara vez salen como las haríamos nosotros, la cuchara puede llegar medio vacía a la boca, el agua puede acabar alrededor del vaso, los zapatos pueden estar cambiados de pie y recoger cinco juguetes puede convertirse en una tarea mucho más larga de lo previsto.
En esos momentos tenemos que recordar que el objetivo no es que lo hagan perfecto. El objetivo es que puedan probar. Aprender requiere repetir muchas veces la misma acción, equivocarse, corregir y volver a empezar.
Nosotros vemos un calcetín mal colocado, ellos están descubriendo cómo funciona su cuerpo, cómo mover las manos y qué tienen que hacer para conseguir algo que ayer todavía necesitaba nuestra ayuda.
La vida cotidiana está llena de oportunidades
No necesitamos preparar grandes actividades para fomentar la autonomía. De hecho, los mejores momentos aparecen durante las rutinas normales del día, podemos dejar que intenten guardar su abrigo, llevar una prenda hasta su sitio, tirar un pañuelo a la papelera o colocar un juguete en una caja.
A la hora de comer pueden empezar a utilizar su cuchara o beber de su vaso. Cuando se lavan las manos pueden intentar abrir el grifo, coger el jabón o secarse. Son pequeñas acciones que forman parte de nuestra rutina y que para ellos representan enormes oportunidades para sentirse capaces.
En la escuela nos gusta mucho observar cómo estas pequeñas cosas van apareciendo poco a poco.
Un día necesitan ayuda para prácticamente todo y unas semanas después nos encontramos con ese mismo niño intentando hacer solo algo que hasta hace poco ni siquiera se planteaba.
La famosa etapa del “yo solo”
Hay momentos en los que estas ganas de autonomía se vuelven especialmente intensas. De repente todo tiene que hacerse sin ayuda y además tiene que hacerse exactamente de la forma que ellos han decidido. Es entonces cuando aparece ese conocido “yo solo”.
Para las familias puede resultar divertido… hasta que tenemos que salir de casa y nuestro peque decide que hoy es el día perfecto para aprender a ponerse los zapatos sin ninguna ayuda. Aquí entra en juego algo que no siempre es fácil: encontrar el equilibrio.
Cuando tenemos tiempo podemos dejarles probar. Cuando no lo tenemos, también podemos poner un límite con tranquilidad.
Podemos decir algo tan sencillo como: “Sé que quieres hacerlo tú. Ahora tenemos que salir y voy a ayudarte. Luego puedes intentarlo otra vez.”
Acompañar la autonomía no significa que todas las rutinas tengan que convertirse en una negociación interminable. Los adultos seguimos poniendo los límites y organizando el día. Simplemente intentamos dejarles pequeños espacios en los que puedan participar.
Elegir también es una forma de autonomía
La autonomía no consiste únicamente en hacer cosas físicamente. También tiene mucho que ver con empezar a tomar pequeñas decisiones.
A estas edades no necesitan elegir entre diez opciones. De hecho, demasiadas posibilidades pueden resultar abrumadoras, pero podemos ofrecer dos alternativas sencillas.
- “¿Quieres este cuento o este?”
- “¿Prefieres la camiseta azul o la amarilla?”
- “¿Recogemos primero los animales o los coches?”
Son decisiones pequeñas, pero para ellos tienen mucho significado.
Les permiten sentir que su opinión también cuenta dentro de unos límites que nosotros seguimos marcando.
Cuando aparece la frustración
Por supuesto, no todos los intentos terminan bien. Hay días en los que quieren hacer algo solos y simplemente no pueden, entonces aparece el enfado.
- Intentan abrir una caja; no sale.
- vuelven a intentarlo; tampoco.
- Y en cuestión de segundos tenemos una pequeña tormenta emocional delante.
Nuestra primera reacción puede ser resolver rápidamente el problema, pero no siempre necesitan que lo solucionemos de inmediato. A veces podemos simplemente acompañar.
- “Veo que te está costando.”
- “¿Quieres que te ayude un poquito?”
Incluso podemos hacer juntos una parte y dejar que ellos terminen. La autonomía también consiste en aprender que pedir ayuda está bien. Ser autónomo no significa tener que hacerlo absolutamente todo solo.
Hay días en los que quieren volver a ser pequeños
También ocurre algo curioso. Un día insisten en hacerlo todo solos y al siguiente quieren que les ayudemos con algo que perfectamente saben hacer. Es completamente normal. Los niños pequeños no avanzan en línea recta.
Pueden estar cansados, tener sueño, necesitar más contacto o simplemente querer sentirnos cerca. Si un día quieren que les ayudemos a comer o a ponerse una prenda que otras veces se ponen solos, no significa que estén perdiendo autonomía.
También necesitan saber que pueden volver a nosotros cuando lo necesitan. Crecer no consiste en alejarse. Consiste en sentirse suficientemente seguros para probar cosas nuevas sabiendo que seguimos cerca.
Cada niño tiene su propio ritmo
Cuando hablamos de autonomía en niños de 0 a 3 años es importante evitar comparaciones. Hay niños que muy pronto quieren hacerlo todo solos y otros que prefieren pedir ayuda durante más tiempo.
Algunos muestran muchísimo interés por comer solos, mientras que otros empiezan antes a colaborar al vestirse. Cada uno va encontrando sus propios retos. No necesitamos acelerar ese proceso.
Nuestra tarea es observar, ofrecer oportunidades y acompañar. Habrá días con grandes avances y otros en los que simplemente necesitarán nuestros brazos y ambas cosas forman parte del crecimiento.
En Pequeño Mundo lo vemos todos los días
En nuestra escuela infantil en Alicante aparecen estos pequeños momentos continuamente.
- Una mochila que quieren colocar solos.
- Un juguete que intentan guardar.
- Una cuchara que cada vez manejan un poquito mejor.
- Una chaqueta que tarda bastante más de lo esperado en salir.
Nos gusta darles tiempo para intentarlo cuando la situación lo permite. A veces intervenimos, otras veces simplemente esperamos y muchas veces terminamos celebrando con ellos cosas que para un adulto pueden parecer muy pequeñas.
Porque detrás de ese zapato que por fin consiguieron ponerse hay mucho más que un zapato.
- Hay paciencia.
- Hay ensayo.
- Hay frustración.
- Hay aprendizaje.
Y, sobre todo, aparece poco a poco esa maravillosa sensación de descubrir: “Esto también puedo hacerlo yo”.
La autonomía no llega de repente, se construye cada día, en esos pequeños momentos cotidianos en los que les damos espacio para probar, equivocarse y volver a intentarlo y acompañarlos mientras lo descubren es una de las partes más bonitas de estos primeros años.